DR. SUBTERRÁNEO
Como es sabido, fue capturado por Magno hace ya 25 años y desde entonces se pudre en una prisión de máxima seguridad. Es el supervillano de Magno por excelencia. Una especie de científico loco y excéntrico cuya especialidad era construir robots gigantes con desechos y chatarra. Solía ocultarse bajo tierra y únicamente se asomaba a la superficie cuando tenía lista su última creación, que sacaba a la luz con la intención de causar el mayor destrozo posible. Tanto en sus tiempos de esplendor como ahora, cualquiera diría que su propio destino no ceja en el empeño de honorar su nombre.
Rechazado por la comunidad científica, siente un profundo odio hacia las instituciones oficiales y hacia quienes se dejan gobernar por ellas.
Maníaco depresivo hasta la médula, puede pasar en segundos de un estado de sombrío cuasi-letargo a estallidos de euforia absoluta y arrebatos de rabia incontrolada. Se mueve y gesticula de forma teatral y no para de soltar carcajadas histéricas que no vienen a cuento.
Con los años, y tras centenares de violentos enfrentamientos con Magno, ha creado un vínculo de enfermiza amistad con él. Admite sin avergonzarse que él es el único ser al que respeta y el único que se preocupa por su persona, a pesar de que fue Magno el responsable de su confinamiento.
Las eventuales visitas de Magno a la mazmorra del Dr. Subterráneo constituyen una de las raras alegrías con que distrae sus días de indisfrazable nostalgia. Del primero al último minuto, los encuentros transcurren entre risas y cómplices reproches, a medida que rememoran y comparten anécdotas de sus lejanas batallas:”¿Recuerdas, Magno, aquella vez que…?”, “Doctor, ¿cómo fuiste capaz de…”.
En sus tiempos (y presumiblemente seguirá haciéndolo si un día, improbable, vuelve a ver el Sol) llevaba una larga gabardina de cuero con unas flechas rojas en la espalda señalando hacia abajo. Una de estas flechas, en negro, aparecía pintada en su cara.
