martes, 12 de febrero de 2013

A SALVO, DE MOMENTO

Amigos y amigas,
Yo que me había mentalizado para despedirme de este mundo con el clímax de mi documental terminado, y va y el meteorito destructor ha resultado ser una “falsa alarma”. Eminentes científicos se han encargado de coger sus todopoderosas computadoras para acabar calculando que, oh, sorpresa, el astro asesino no se acercará lo suficiente a nuestro planeta.
La discreción de Magno me priva de pruebas sólidas que apoyen mi convicción de que él y solo él ha intercedido en la órbita de la funesta roca. El caso es que, presa del terror a lo desconocido inherente a la condición humana, acabé insinuándole si habría alguna mínima posibilidad de que no salvase, o “algo así” (sic). Algo así, sí: ¿cómo le podía pedir directamente que moviera un solo dedo por nuestra especie? Echó una calada a su cigarrillo y esbozó un deje de honda pereza. Y me resigné a la hecatombe.
Y mira por dónde, a la mañana siguiente, cuando me disponía a rogar a mi primera novia un último… mmm… “encuentro” (o algo así), ojeo los periódicos digitales y, ¡zas!, el peligro ha desaparecido de la noche al día. Laureados astrónomos y mandamases de la NASA se apresuran a calmarnos, a decir que aquí no pasa nada, y todos a dormir tranquilos.
Serán paranoias mías, pero esta mañana, tomando un café con Magno, me llegó un olor sulfuroso, como de meteorito desviado (¿quién no ha olido alguna vez un meteorito desviado?). Tras analizar mi taza, caí en la cuenta de que era Magno quien desprendía aquellos rastros químicos. “La adicción al tabaco”, me explicó, “llevo una ansia encima que no veas”. Pues vale.
Y entretanto, se abre el telón y se ve a Benedicto XVI repartiendo saludos; se cierra; se vuelve a abrir y está haciendo las maletas. ¿Cómo se llama la película? Tituladla como queráis. Pero yo me pregunto: dando por cierto que los servicios de inteligencia del Vaticano han estado al corriente del “curioso” cambio de trayectoria del meteorito, ¿cómo debe de sentirse el máximo Pontífice cuando, no ya la fe, sino los actos fehacientes de un hombre extraordinario, le revelan que la omnipotencia no es exclusiva de su Dios?
Nos vemos.
Jordi Uno