De vez en cuando la naturaleza nos sorprende con latigazos inesperados, que nos ponen en nuestro sitio, que no es otro que bajo su yugo.Una gran llamarada acecha, y yo podría estar chillando de terror. Si estuviera enamorado de alguna chica (pocas me han perdonado mi obsesión por los documentales, pero bah, mi blog no nació para lloriquear sobre amores y desamores), si me hubiera tocado el amor, digo, podría estar chillando de pena, de desesperación.
Si me amara a mí mismo, podría estar chillando de rabia: ¿por qué? ¿Por qué cojones se tiene que acabar todo, incluido yo, así, de cuajo, sin ton ni son? No sé si algún final gozará jamás de “ton y son”, pero sí sé que el caos es la pauta que ordena este mundo tantas veces hostil.
Podría estar dilapidando la fortuna que no tengo. Qué importa todo eso ahora. Podría dar los últimos besos y extasiarme dentro y fuera de la dulcinea que no me ha dado tiempo de encontrar. Hay que aprovechar los últimos momentos, claro que sí. Podría arrepentirme de todas mis flaquezas ante el Dios cuya existencia sigo negando, y cuya compasión y justicia sigo negando dos veces, y cuatro, y las que haga falta. Porque sería sensato abandonar este mundo con un pasaporte directo al edén.
El latigazo que ha teñido mis palabras de hoy de esta aura tan melodramática, cursi si queréis, no es otro que el asteroide que se avecina sobre nuestras cabezas. ¿Qué os voy a contar que no hayáis leído en las portadas de los periódicos? ¿Qué puedo añadir a este notición que casi ha diluido el goteo interminable de titulares infestados de palabras como “corrupción”, “dinero B”, “chantaje”, “soborno”, “cuentas secretas”…? Esto se acaba, compañeros. Y casi da más pena por lo que no hemos llegado a ser, que por lo que perdemos.


Anómala añoranza, esta de extrañar lo que nos ha sido negado: la dignidad moral como especie. Hemos elegido como mandamases a personajuelos surgidos de las peores combinaciones posibles de las bases nitrogenadas de ADN. Lo más corrompido de lo más infecto, eso es lo que lleva las riendas de la nación. Quizá sea bueno que la órbita del azar impacte sobre este planeta de desorbitada inmundicia. Tal vez el precio de acabar con este cáncer es que la hecatombe nos lleve a todos, mientras el cosmos no sea capaz de descubrir tratamientos más localizados. Víctimas colaterales de una casualidad: sin duda, bastante mejor que víctimas directas de la planificada avaricia de los poderosos, que ha sido el pan nuestro de cada día.
Los segundos avanzan, tic tac, tic tac. Desde aquí no lo oímos, y desde el espacio no podríamos; ¿pero imagináis el estruendo que debe de acompañar el viaje frenético de este trozo de piedra desbocado que morirá matando? Tic tac, tic tac… El martilleo de una sentencia inapelable rebota en mi conciencia. Tic tac, sobre aquí, sobre allá; tic tac, dinero tengo, dinero doy; tic tac… Apuesto mi documental a que, aun ahora, los mafiosos de la Moncloa siguen dispersando los sobrecitos de tío Gilito con la misma exacta regularidad con que el catártico meteorito recorta metros de la Tierra, con que nuestros corazones bombean sus últimos latidos, a la vez sumando experiencia, a la vez restando esperanza.
Podría, tic tac, tic tac, despilfarrar la riqueza que no tengo, dar un meneíto a la princesa que no hallé, pedir perdón por ser solamente travieso en un nido de criminales. Podría chillar de terror, de pena, de rabia… Pero no me atrevo a chillar. Porque casi me da vergüenza admitir que, a veces, solo a veces, siento la tentación de suplicar ayuda a Magno.
Magno, ¿por qué no tardé un poco más en dar contigo? El tiempo suficiente para que toda nuestra carne se evaporase en la nada y tú, por fin, tuvieras el estímulo y la oportunidad de buscar nuevos astros habitados donde tu bondad fuera bien recibida. Aquí, tan cerca de mí, tan coleguillas, joder, que nos estamos volviendo…, la debilidad humana se me hace dañinamente evidente cuando me pregunto si en el fondo sería tan malo recurrir a ti para detener esta tragedia… ¿Tengo derecho a rogar tu intervención? Tú, tú claro que te salvarás, Magno, así que no lo hago por ti. ¿Es miedo, soy un apestoso cobarde? No, no tanto, y entonces me repito que si te acabo pidiendo auxilio no será por perpetuarme yo, pobre de mí, sino por el miedo de que sean justamente los gobernantes, como las ratas y las cucarachas, los únicos seres animados que sobrevivan a la gran explosión. ¿Puedo yo permitir esta degeneración de la fauna terrestre? Si nos muriésemos todos, pues vale, todos al hoyo, pero ¡hostia!, ¿y si los corruptos van a salir de las brasas sin más problema que la urgencia de un traje y una corbata nueva? Para eso, quedémonos todos, ¿no?, y que subsista un reducto de humanos dispuestos a plantarles cara.